martes, 27 de septiembre de 2016

lunes, 26 de septiembre de 2016

Campo de batalla


Su marcha se paralizó entre el cruce de los disparos y al caer rodó hasta estancarse en un pozo agrietado por una granada. La lluvia de proyectiles había atravesado su pecho destrozando costillas y perforando pulmones. Su sangre chorreaba del uniforme y encharcaba el suelo. Herido en el centro del campo de combate, amenazado por el fuego abierto de las armas enemigas y recordando la despedida en la que renunció a su familia, sentía el estruendo de las bombas y la tierra vibrar con violencia. En su interior su cuerpo hervía. El choque hostil de los ejércitos desplegados a su alrededor le atestaba de una fuerza incontenible. La Tierra es nuestra, gritaba rabioso entre dientes, sufriendo una súbita incineración. Contuvo el aliento. El aire estaba saturado de pólvora, de cenizas y del desconocido glekxinzagenno. Las explosiones le aturdían. Trató de buscar su metralleta que había caído por la ruinosa superficie. Sintió un espasmo sacudir sus entrañas y la sangre tibia brotar por su boca. Se ahogaba divisando a los aviones intentar arrasar con la zona y a los suyos volatilizarse perdiendo la batalla.
Vio los paisajes rocosos ocres y rojos de Kepler-10b. Hombres y mujeres, niños y niñas trabajaban alzando un poblado y asistiendo a los heridos.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Cap. décimo catorce del libro de poemas El alarido que escucha el silencio


Biblioteca



En la biblioteca el silencio era imperativo y la quietud era autoritaria. Ni siquiera el roce entre las hojas de los libros era audible. No había nadie.

jueves, 22 de septiembre de 2016

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Invisible a los ojos



Corría embriagada de amor hacia mis brazos. Su corazón era un ave encerrada en la jaula de mi mirada. No te veo, le dije un día, ¡estoy aquí donde siempre!, me exclamó, pues yo sigo sin verte, le insistí decepcionado, ¡mirame, mirame amor mío!, gritó y se desesperó. Sus alas rompieron la jaula. Los alambres de acero lastimaron sus miembros. Al salir voló miedosa y confundida, desdeñando cada rumbo tomado. Le grité, ¡amor ya puedo verte, ya puedo verte! Le grité a aquella pequeñez que se fugaba hacia el horizonte.

Pobres locos





Dios, no soy el mismo desde que no estamos juntos siendo el silencio que surca los labios de un niño. Mirá a ese pobre payaso esforzándose por quitarles algunas risas al público... Dios, estando a tu lado yo no olía a identidad, y eso me hacía verdadero. Pero separados, soy víctima de la constante persecución de una personalidad; un personaje ficticio que me olfatea a kilómetros y que me vislumbra a donde sea que yo vaya. Mirá ahora a ese domador de leones... ¡Es un verdadero demente! ¿Conocerá el peligro al que se enfrenta? Bajo esta enorme carpa los percances desagradables tienen su rutina cada día. La semana pasada, dos trapecistas se fracturaron el cuello; unos pobres locos. Y pensar que ahora soy como ellos. Ya no soy aquel a quien desconocía ni tampoco soy este a quien también desconozco. Creo ser un justiciero que quebró el silencio, el mismo romántico mutismo que surcaba la boca de aquel niño. Creo ser un defensor que se cayó en la lona de un mundo que se convirtió en un fastidioso circo.


Listo... sólo quería que lo supieras. Ya llegó el momento de mi número: el acto del lanzador de cuchillos. Tengo que salir; mi compañera me espera contra una pared de tablas, sosteniendo un globo en cada mano y otro entre las piernas. Yo jamás tuve buena puntería...

viernes, 16 de septiembre de 2016

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Lógica precaución





-¿Comemos? -preguntó mientras cortaba la jugosa carne y añadió-, ¿o tus dos años de tu pasada vida vegetariana te hacen dudar?
-Está bien, quiero volver a probar, pero -titubeé-, ¿y lo que sobre del cadáver dónde lo enterramos?

domingo, 11 de septiembre de 2016

Curiosidad



Cierro mis ojos concentrándome en un vacío de mi mente; experimento una perfecta oscuridad. ¡Se manifiesta una luz!, es dorada y profunda. Descubro una sombra. La contemplo. Vuelve la oscuridad.

Sobrenatural





Cada partícula que flota en el lugar está iluminada al punto de su extinción, sin embargo, las caras deformes de quienes me rodean, aparecen y se esfuman en una atmósfera difuminada por la intensa luz. Sólo alcanzo distinguir tres cosas: los rostros no tienen boca, tampoco nariz, y por último, los dedos de las manos que veo ejerciendo sobre mí, son delgados y de una íntegra lisura. Nada de esto está al alcance de mi entendimiento. Hay formas y manifestaciones fuera de lo normal, como si viviese una tragedia sobrenatural: la permanencia de un sonido ejecutado por un dispositivo electrónico y extraordinarios brillos que vagan en el espacio, hundiéndose luego en alguna parte insensible de mi cuerpo. Mi cuerpo, aletargado, no lo siento. No logro mover ninguna parte de mí; supongo que apenas los párpados y los ojos, aunque no percibo ninguna sensación de movimiento en ellos. Desconozco qué sucede conmigo; experimento una elevación como si me suspendiera en el aire. Pienso que puede ser un sueño, pero yo jamás en un sueño me he dado cuenta de que lo que estoy percibiendo son fantasías que se representan por mi dormir. Tal vez esta sea mi primera vez; no lo sé. Mi vaga razón viene y va sumergida en la espesura del sopor.
Me sobreviene una imagen a la mente, un recuerdo con representaciones claras pero poco familiares: Conduzco un auto, ¿mío? Voy en una ruta oscura; en los alrededores sólo se aprecia la negrura de la noche. No sé dónde estoy. El auto avanza demasiado rápido como si yo estuviera escapando de algo. Presiento que estoy perdido. Ahora lo veo bien: pequeñas luces me siguen. De pronto escucho un sonido ensordecedor que parece provenir de motores potentes. Una luz me ciega. ¡Mis ojos queman! ¡Un rayo revienta sobre el auto! No recuerdo más nada, mi mente está abrumada por un fastidioso olvido.
Ya no puedo resistir, me vence el sueño, un sueño denso. Me dejo ir…Voces…
Escucho voces. Un fuerte dolor me tortura taladrando desde el interior de mi cabeza, mientras me sobrevienen unas intensas punzadas en el pecho y el estómago. Abro los ojos y veo a dos extraños recostados en camas separadas; están muy flacos y deteriorados; ninguno de ellos me observa. Son sus voces lo que oigo. Hablan sobre la visita de la policía y sobre una segunda intervención quirúrgica de alguien.
Vuelve el sueño, el denso sueño...
¡Despierto! Al mismo segundo entiendo todo y pregunto:
-¿En qué hospital estoy?
Las extrañas criaturas voltean.

jueves, 13 de noviembre de 2008

El holocausto


Famélica, con la piel aglutinada a sus huesos aguzados y respirando con lasitud en la húmeda oscuridad del sótano, soltó la chamuscada muñeca que le había acompañado desde muy pequeña, y la cabeza de porcelana rompió en pedazos al rodar por los escombros de la escalera subterránea. Había descubierto a un soldado ebrio tirando restos de comida cerca del alambrado y eso le soliviantó a salir del agujero donde se ocultaba y arrastrarse con arduo esfuerzo hasta el linde. Temiendo que otro hambriento al acecho prorrumpiera de algún escondrijo entre los cascajos y le robara aquel alimento, devoró los despojos como si fuera un animal carroñero y luego lamió la grasa empolvada que se le había impregnado entre los sabañones de los dedos. Escuchó el eco de los disparos resonando a lo lejos por el norte, entre las fosas donde se incineraban los cadáveres, y supo que los guardias que vigilaban desde las torres practicaban tiro con los rehenes más viejos o más enfermos. Sin apartar demasiado la vista de aquel sector, observó hacia la densidad de nubarrones que apelotonados techaban el cielo y luego hacia las apocalípticas ruinas de casas y de edificios que atrincheraban el plomizo paisaje, y pareciendo un espantapájaros de las miserias humanas, cuyos ojos proyectaban una mirada turbia y abatida, sin esperanzas, permaneció paralizada, insensible ante las detonaciones amenazantes de las armas. Como chasquidos metálicos, los disparos certeros silbaron cada vez más próximos. Se había hecho evidente que la enfermedad mortificaba su cuerpo.

miércoles, 30 de abril de 2008

El encierro



Luego de catorce horas de partir piedras y cargarlas al hombro para apilarlas dentro de una volqueta, éramos obligados a caminar en círculo durante una hora, respirando el aire húmedo y gélido del patio. El resto del tiempo estábamos aprisionados en celdas constreñidas y pestilentes, en el abandono más miserable. Dormíamos sobre un suelo tan frío como una tumba y comíamos de alimentos descompuestos y agusanados, siempre bajo la tenaz vigilancia de los guardias que aprovechaban cualquier movimiento ajeno a la monotonía para inventar una infracción y así infligir severos castigos físicos o psicológicos. El fundamental motivo de las represiones consistía en la degradación física y en un deterioro mental desgarrador. Sin embargo, sin mérito de violencia, ningún castigo tenía la capacidad de alteración como el repugnante olor a materias putrefactas, en el que el vaho de las secreciones humanas: heridas virulentas, transpiraciones y excrementos, se mezclaba con los insalubres vapores de las cocinas. El hedor espeso y flotante invadía las dimensiones del perímetro celular, que recibía oxígeno del patio sólo por una rejilla de ventilación, por cierto, bastante obstruida por la suciedad.
Las celdas, de unos dos metros de largo por un metro y medio de ancho, con un cielo raso completamente invadido por hongos, que no llegaba a superar la estatura de los guardias más bajos, estaban abismadas en una oscuridad densa y asfixiante. El aciago ambiente era atenuado por la borrosa luz del corredor al filtrarse por una angosta hendidura ubicada sobre la plomiza puerta de metal, que se abría sólo durante las rigurosas inspecciones, y cuando uno debía enfrentarse a los desalentadores recreos y a los agotadores trabajos.
Contemplando aquella tiznada luz que se colaba como un espectro de la misma muerte, quizás desde otro pabellón, mil veces pensé en la manera de quitarme la vida y mil veces me consolé escuchando los agónicos lamentos del sufrimiento ajeno. No estaba solo.

El cruce




Ningún vehículo viene a lo lejos por la avenida, y aunque el semáforo está en rojo, no disminuyo mi paso. Imagino que, antes de que aparezca algún conductor con más prisa que la mía, me sobrará el tiempo para cruzar hacia la otra vereda. Apresuro mi andar mientras miro hacia la desolada esquina por donde puede aproximarse el tránsito. Titubeo prevenido por un segundo de conciencia. Sé que el hecho de arriesgarme de tal manera no es sólo un apuro sin sentido, sino que además es un peligro estúpido, pero confío en mi agilidad, así que entonces avanzo caminando rápido y seguro. De pronto apenas percibo de reojo el resplandor de dos focos alumbrándome desde la distancia. Las luces se hacen intensas y se amplifican. Veo el semáforo aún en rojo y empiezo a trotar hacia la vereda. Faltando un par de pasos disminuyo el trote y recobro algo de aliento. Escucho una bocina, insistente. Volteo hacia donde percibo el alarmante sonido. Las luces se precipitan sobre mí. Corro consciente de que en dos saltos estaré a salvo. Al buscar el cordón noto que me falta la mitad del trayecto. Las luces se amplían. La bocina aumenta. Acelero aterrado. Pienso en el hijo de puta que conduce; ¡no frena! Las luces me iluminan hasta difuminarme. Corro empujado por la desesperación. Un punto rojo y eterno. ¡No quiero morir! De súbito, desde mi interior, una luz amarilla enciende el espacio. Del otro lado las personas me miran como esperando que les de una respuesta, una señal. Entonces la atmósfera se enverdece y los peatones cruzan la avenida obedeciendo mi orden.

martes, 29 de abril de 2008

Especies y cosas





Era el más robusto pero parecía inofensivo hundiendo sus dientes entre las uñas y masticándolas con un hipnótico placer. Contrastaba a su lado un cuerpo flaco, casi raquítico y de carácter nervioso; éste rascaba la piel dura de su pecho mientras el sol ardiente tensaba la epidermis como la lonja de un tambor. Echada a la sombra de ellos, la más joven, lamiéndose los labios para contrarrestar la sequedad de su boca. Otros dos se acometían salvajemente delante de la pequeña criatura para llamar su atención. Sonó un timbre y se abrió la pesada puerta. Grupos de familias y de viajeros entraban torpemente a los empujones movidos por una enérgica curiosidad. Las nuevas bestias del parque de especies eran la sensación del momento.
-Hijo mío, lo más interesante de esta especie es que ellos no saben que los estamos viendo -comentó al pasar una indefinible cosa a su descendiente y añadió-, ni siquiera sospechan que estamos aquí.

sábado, 12 de abril de 2008

Criatura urbana




Respira muy agitado, está al límite del agotamiento. Sus movimientos se han vuelto brutos e inútiles y apenas huye ya sin fuerzas. Se desploma sobre el suelo ejecutando un quejido seco. Debe sentirse extraviado e impotente; el pobre está muy lejos de su grupo.
Le apunto con mi arma, una escopeta Remington modelo 870, con caño estriado con alza y guión. Me satisface experimentar su peso frío y las texturas del metal y la madera. Clavo la mira justo en su cabeza; trato de ser preciso. Pero no logro concentrarme por el rancio olor que despide su asqueroso cuerpo y que me revuelve las tripas . Observo sus ojos, enormes, expresivos, llenos de desesperación y de miedo. Es una criatura indefensa y rendida.
Le hablo:
-Dos veces no te me escapás. ¿Me vas a dar la plata o la vida? -Se oye el clic del gatillo, pero no el disparo-. ¡Mierda, me quedé sin municiones!
-Disculpe señor presidente -menciona mi escolta desde unos metros atrás-, enseguida cargo la escopeta para que continúe con su pasatiempo.

martes, 6 de noviembre de 2007

Siniestro



La luz de la noche se cuela a través de la suciedad de las ventanas, flotando fuliginosa y lánguida en los corredores, mientras los pasos retumban débilmente, apagándose en los rincones vacíos y oscuros del edificio.
Al subir por la lobreguez de las escaleras, se acuerda del accidente de su difunta esposa. La imagina rodando escalera abajo, girando rápida y tortuosamente, sufriendo los golpes de la abrupta caída, durante el siniestro reventar de truenos y relámpagos en aquella noche en que la tormenta fue testigo y cómplice del crimen. Se detiene, decisivo, impenetrable, abismado en un sórdido recuerdo que cierra sus labios a un mundo de naturaleza ajena, mientras las arrugas de su rostro expresan la indiferencia más acérrima. Observa las sombras inmóviles y aciagas, y recuerda el llamado telefónico en el que le mencionaba a su mujer que no podría regresar del extranjero sino hasta transcurridas un par de semanas.
Escucha un ruido. Un crujir bronco y fugaz. Sin perder la astucia mira con desconfianza hacia su alrededor. Cauteloso de sus reflejos, avanza atento a sus propios movimientos. Saca una llave del bolsillo de su camisa y con cotidiana determinación la coloca en la cerradura de la puerta de una de las oficinas. Abre, pero no entra; apenas entorna la puerta. Se mantiene curioso, a la espera de un sonido inconveniente, de un movimiento delator. El súbito de un grueso crujir pega un latigazo en su estado de alerta. De pronto ve salir a un gato del depósito de la basura al final del corredor. El felino descubre la presencia impostora y huye receloso por el pasillo con una agilidad volátil. El hombre sonríe con austeridad, creyéndose a salvo de inoportunos noctámbulos. Con natural frialdad se pone tan serio como antes y prosigue subiendo por los escalones con pasos que acarician la superficie apenas silente. Llega al sexto piso donde escucha el ruido ahogado de un motor y el forzoso trabajo de unas poleas. Se para frente a la puerta de su departamento cuando le invade una ansiedad por repetir el estéril recorrido, sin embargo, saca las llaves del bolsillo al mismo instante en que se abren las puertas de uno de los ascensores.
-¿Estarás bien Silvi?
-Sí, no te preocupés, lo peor ya pasó hace meses. -Responde sacando las llaves de su cartera-. Hacer terapia me ayudó mucho.
Ambas mujeres pasan delante de la incorpórea presencia, abren la puerta del departamento y entran.
-Es que fue mucho Silvi: el sorpresivo y violento ataque de tu marido, la caída de ambos por las escaleras y finalmente su muerte. -Es lo último que se escucha antes de que se cierre la puerta.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Desgraciado infeliz


Apoyado sobre la rama de uno de los árboles del monte, ocultándome de ellos y sosteniendo una piedra por si tengo que defenderme, puedo ver al desgraciado echársele encima y desprenderle los botones de su vestido blanco. Ella le sonríe entregada como me sonreía a mí. Los escupo pero la distancia de unos quince metros me hace pasar desapercibido. Él comienza a besarla y a llevar las manos entre sus piernas. Le apunto con minuciosidad y le lanzo la piedra. La oigo cortar el aire. Resuena un impacto seco y apenas un grito. El infeliz no sabe hacia donde huir. Mira asustado hacia todas direcciones hasta que reacciona y se marcha corriendo sin rumbo. Siento un líquido tibio bajar por mis piernas y humedecer mis pantalones. Quisiera llamarla, pero me paraliza el temor al ver que no se levanta del suelo. Su cuerpo ni siquiera se mueve. La sangre mancha su vestido blanco.

Desgraciado infeliz (mix cósmico)






Oculto sobre la rama de un árbol y con una piedra en mi mano, veo al asqueroso desgraciado desprendiéndole su vestido blanco y recostándose encima de su busto. Ella le sonríe con una ternura boba que despierta mi asombro. El infeliz se atreve a besarla en la boca. Hunde sus manos entre las piernas de ella. ¡Esa cosa es un hijo de mil puta! Le lanzo la piedra. Resuena en seco al impactar contra su cabeza. Apenas un quejido de dolor y su cuerpo violáceo cae desplomado. Ella me grita enfurecida por las salpicaduras de un repulsivo flujo que enverdecieron su vestido.
-¡Papá!, ¿qué hiciste, qué hiciste? –me pregunta quebrada en nervios mientras bajo del árbol y me le dirijo corriendo para callarla.
No le contesto. Siento una inusitada serenidad mientras observo el cuerpo sin vida del alienígena.

martes, 18 de septiembre de 2007

Desgraciado infeliz (ediciòn homogénea)


Ocultándome como ellos, pero apoyado sobre la rama de uno de los árboles del monte y sosteniendo una piedra por si tengo que defenderme, puedo ver al desgraciado desprendiéndole los botones de su vestido blanco mientras ella se le recuesta encima y le sonríe con un gesto estúpido que yo desconozco por completo. Los escupo pero la distancia de unos quince metros me hace pasar desapercibido. Él comienza a besarla y a llevar las manos entre sus piernas. Le apunto con minuciosidad y le lanzo la piedra. La oigo cortar el aire. Resuena un impacto seco y apenas un grito de dolor. Ella grita aterrada. El infeliz, desorientado, mira hacia todas direcciones sosteniéndose la cabeza ensangrentada. Intento bajar del árbol para ir a romperle la cara y al mirar hacia otro rumbo, veo a lo lejos a mi novia cruzando por la senda de siempre y vestida de blanco como de costumbre. Con un asombro de mil kilos que me hace temblequear las piernas, vuelvo la mirada hacia la pareja de amantes y veo que como un pobre hombre que ha sido ejecutado, el desgraciado se desploma sobre el suelo.

martes, 24 de julio de 2007

Hombre virtual



-¿Es él? -preguntó observando hacia aquella sorprendente cosa que parecía un hombre y que volaba velozmente hacia ellos-. ¿Qué mierda hace acá y ahora?
-Juguemos… -propuso su amigo.
Los miembros de la manifestación que marchaban contra la inseguridad y la violencia empezaron a correr desesperadamente buscando donde refugiarse. Los rayos letales caían destruyendo enormes áreas de la ciudad. Hombres y mujeres ardían y se desintegraban tras las descomunales explosiones. Los colores no eran tan intensos. Se acabó la batería del casco virtual y tuvo que despertar.
Miró a su amigo tirado sobre el suelo de la habitación, con el cuerpo incinerado reducido a una escoria negruzca y supo que había hecho bien en no recargar por completo las baterías durante la mañana.

viernes, 1 de junio de 2007

El último




Soy el último en llegar. La música está demasiado alta. En la oscuridad, las luces robóticas hacen visibles las botellas vacías rodando por un suelo de colores inquietos y centelleantes. Trato de entrar en clima con el ambiente. A mi alrededor, muchos saltan eufóricos perdiéndose entre el flotar de un humo luminoso mientras otros fuman llevando un ritmo más tranquilo.

-¡Te estás quemando! –me señala mi mejor amigo.
Todos gritan horrorizados mirándome con un asombro que no comprendo.
-¡El fuego no lo quema! –exclama alguien.

Miro las botellas tiradas en los rincones y se me ocurre que se han pasado de alcohol. Los juegos de láser crean una atmósfera enrojecida y luego otra de un amarillo ardiente. Una luz parpadeante me encandila, hiriente como si cortara mis ojos. Veo la pared frente a mi cama, exactamente una mancha colorada de vino sobre el empapelado. La música está a todo volumen; siento que las notas martillan dentro de un espacio inflado en mi cabeza. Me mareo al intentar levantarme de la cama, mientras recuerdo que todos están muertos, que ninguno de ellos sobrevivió al incendió de aquel lugar al que nunca llegué.

Mirada de pena


Miraba a un joven calvo escribir su nombre en una de las paredes blancas y sucias de aquel pasillo con ventanas rotas y techo rajado. Se le veía enclenque, pálido y taciturno. Aún no me explico por qué, pero se encontraba solo.
Tras abrirse una puerta, mi novia y su madre se fueron acercando con un andar fúnebre. Me hallaba aturdido y no lo podía disimular aun sabiendo lo importante que era mostrarme como un fuerte apoyo. El silencio era de una naturaleza ajena a este mundo. Nos abrazamos con un amor intenso con el que intentamos consolarnos y reprimir nuestra impotencia. Con la voz quebrada ella me dijo al oído: Se me va a caer el pelo...
Me quedé sin aliento. Sentí mi voluntad gritar con angustia y enojo. Movido por una doliente ansiedad cerré mis ojos apretando los párpados, y al abrirlos mientras ella lloraba sin encontrar consuelo en mis brazos, volví la vista hacia el joven calvo para saber si nos estaba observando. Ya no estaba allí.

viernes, 25 de mayo de 2007

Auto



Subió al auto, no lo pudo encender y chocó.

La montaña




Al llegar a la cima de la montaña cayó exhausto sobre la nieve. Levantó la mirada ansioso de ver el mundo en el horizonte donde hileras de montañas más enormes rozarían el cielo. Pero sus ojos se agrisaron. La fachada de un hotel se lo impedía.

martes, 22 de mayo de 2007

Arte



La blusa se deslizó hasta sus pies, y posando desnuda frente al atril, retrató al artista plástico ocupado en su taller. 

La ventana


Me levanté de la silla y le dije a mi mujer y a mis hijos que siguieran cenando sin mí. Caminé hasta la mecedora que en otros tiempos pertenecía a mi abuelo y al mirar por la ventana me di cuenta que no estaba en mi hogar.

Leyenda


Esta foto ha sido cedida por su autor: Robert Serbinenko


Le vieron atrapar un rayo del sol con sus manos y se volvió intangible. Escucharon sus palabras y se convirtió en un loco. Entonces se cortó la lengua pero sólo logró que todos pudieran tocarlo nuevamente.

miércoles, 16 de mayo de 2007

Caprichosamente




-Sos un caprichoso –me dice y se va llorando.
Doy la orden para que prendan fuego la inmensa montaña de libros y alguien en la multitud grita:
-¡Discriminación!
Le digo que vuelva y le alcanzo una antorcha mientras se seca las lágrimas de los ojos. Las hojas de toda la historia de la humanidad comienzan a arder con llamas que rozan el cielo.
-El primer libro lo escribo yo -le advierto.