jueves, 13 de noviembre de 2008

El holocausto


Famélica, con la piel aglutinada a sus huesos aguzados y respirando con lasitud en la húmeda oscuridad del sótano, soltó la chamuscada muñeca que le había acompañado desde muy pequeña, y la cabeza de porcelana rompió en pedazos al rodar por los escombros de la escalera subterránea. Había descubierto a un soldado ebrio tirando restos de comida cerca del alambrado y eso le soliviantó a salir del agujero donde se ocultaba y arrastrarse con arduo esfuerzo hasta el linde. Temiendo que otro hambriento al acecho prorrumpiera de algún escondrijo entre los cascajos y le robara aquel alimento, devoró los despojos como si fuera un animal carroñero y luego lamió la grasa empolvada que se le había impregnado entre los sabañones de los dedos. Escuchó el eco de los disparos resonando a lo lejos por el norte, entre las fosas donde se incineraban los cadáveres, y supo que los guardias que vigilaban desde las torres practicaban tiro con los rehenes más viejos o más enfermos. Sin apartar demasiado la vista de aquel sector, observó hacia la densidad de nubarrones que apelotonados techaban el cielo y luego hacia las apocalípticas ruinas de casas y de edificios que atrincheraban el plomizo paisaje, y pareciendo un espantapájaros de las miserias humanas, cuyos ojos proyectaban una mirada turbia y abatida, sin esperanzas, permaneció paralizada, insensible ante las detonaciones amenazantes de las armas. Como chasquidos metálicos, los disparos certeros silbaron cada vez más próximos. Se había hecho evidente que la enfermedad mortificaba su cuerpo.

Campo de batalla



Su marcha se paralizó entre el cruce de balas y al caer rodó hasta estancarse en un pozo agrietado por una granada. La lluvia de proyectiles había atravesado su pecho, destrozando costillas y perforando pulmones. Su sangre empapaba el uniforme y encharcaba el suelo. Herido en el centro del campo de combate, amenazado por el fuego abierto de las armas enemigas y recordando la despedida en la que renunció a su familia, sentía el estruendo de las bombas y la tierra vibrar con violencia. En su interior su cuerpo hervía. El choque hostil de los ejércitos desplegados a su alrededor le atestaba de una fuerza incontenible. No hay dolor, gritaba rabioso entre dientes, sufriendo una súbita incineración. Contuvo el aliento. El aire estaba saturado de cenizas y de pólvora. Las explosiones le aturdían. Trató de buscar su metralleta que había caído por la ruinosa superficie. Sintió un espasmo sacudir sus entrañas y la sangre tibia brotar por su boca. Se ahogaba divisando a los aviones arrasar con la zona y a los suyos volatilizarse perdiendo la batalla.

miércoles, 30 de abril de 2008

El encierro (última edición)



Apenas una hora para caminar, sólo en fila, respirando el aire húmedo del patio, mientras el resto del tiempo, estábamos aprisionados en celdas constreñidas y pestilentes, en el aislamiento más miserable, siendo obligados a cardar estopa, a comer de alimentos nauseabundos y a dormir sobre un astillado tablón, bajo la tenaz vigilancia de los guardias, que aprovechaban cualquier movimiento ajeno a la monotonía, para inventar una infracción y así infligir severos castigos. El fundamental motivo de las represiones, consistía en la degradación física y en un deterioro mental desgarrador. Sin embargo, sin mérito de violencia, ningún castigo tenía la constante capacidad de alteración, como el repugnante olor a materias descompuestas, en el que el vaho de las secreciones humanas: heridas virulentas, transpiraciones y excrementos, se mezclaba con los insalubres vapores de las cocinas; el hedor espeso y flotante invadía las dimensiones del recinto celular, que recibía oxígeno del patio sólo por una rejilla de ventilación, por cierto, bastante obstruida por la suciedad.

Las celdas, de poco más de dos metros de largo por un metro y medio de ancho, con un cielo raso completamente invadido por hongos, que no llegaba a superar la estatura de los guardias más altos, estaban abismadas en una oscuridad densa y asfixiante. El aciago ambiente era atenuado por la borrosa luz del corredor, que se filtraba por una angosta hendidura, ubicada sobre la plomiza puerta de metal que se abría sólo durante las rigurosas inspecciones.

Contemplando aquella tiznada luz que se colaba, quizás desde otro pabellón, mil veces, por decirlo de algún modo, pensé en la manera de quitarme la vida, y mil veces me consolé escuchando los agónicos lamentos del sufrimiento ajeno. No estaba solo.

El cruce





Ningún vehículo viene a lo lejos por la avenida, y aunque el semáforo está en rojo, no disminuyo mi paso. Imagino que, antes de que aparezca algún conductor con más prisa que la mía, me sobrará el tiempo para cruzar hacia la vereda. Apresuro mi andar mientras miro hacia la desolada esquina por donde puede aproximarse el tránsito. Titubeo prevenido por un segundo de conciencia. Sé que el hecho de arriesgarme de tal manera no es sólo un apuro sin sentido, sino que además es un peligro estúpido, pero confío en mí, soy ágil y veloz. Así que avanzo caminando rápido. De pronto apenas veo de reojo el resplandor de dos focos alumbrándome desde la distancia. Las luces se intensifican, se aceleran. Veo hacia el semáforo aún en rojo. Empiezo a trotar hacia la vereda. Faltando un par de pasos disminuyo el trote y recobro algo de aliento y de seguridad. Escucho una bocina. No deja de sonar. Miro hacia donde percibo el alarmante sonido. Las luces se me vienen encima. Corro consciente de que en dos saltos estaré a salvo. Al buscar el cordón noto que me falta la mitad del trayecto. Las luces se amplían. La bocina aumenta. Corro aterrado. Pienso en el hijo de puta que conduce; ¡no frena! Veo el semáforo en rojo. Las luces me iluminan de lleno. Corro empujado por la desesperación. ¡No alcanzo la vereda! ¡No quiero morir! Voy por la mitad. Las luces me tragan… Voy hacia la luz roja, pero no logro ver el semáforo.

martes, 29 de abril de 2008

Las Cosas



Fresca; la bebería toda. Para conseguirla me alejé mucho. Anduve por lugares donde hay más aire, en donde te levantas hacia donde sea y ves... ¡Agh! ¿De dónde salió esta criatura? ¿Cómo defenderme? ¡No! ¡Me va a atacar! Estoy perdido. Me tiene. Se mueve cuando me muevo. ¡A correr! ¡Correr! ¡Correr! ¡Más rápido! ¡Me sigue! ¡Vienen más! ¿Son muchos? ¡Estoy atrapado! “¿Cómo defenderme?” ¡Agh, ah! ¡Duele! “¡Bestias salvajes!” ¡Duele! ¿Estoy abierto? ¿Qué es esto? ¿Cómo puede estar así? Me desgarran. ¡Deja eso! ¡Agh! A correr. Correr... Hay frío... No hay olor... Ya no están.

sábado, 12 de abril de 2008

La criatura urbana



Respira muy agitado. Está al límite del agotamiento. Apenas huye ya sin fuerzas. Sus movimientos se han vuelto brutos e inútiles. Se desploma sobre el suelo ejecutando un quejido seco. Debe sentirse extraviado e impotente; el pobre está muy lejos de su grupo.

Comienzo a apuntarle con mi arma, una escopeta Remington, modelo 870, con caño estriado con alza y guión, y al hacerlo gozo de experimentar su peso frío y las texturas del metal y la madera. Clavo la mira justo en su cabeza; trato de ser preciso. Aunque no logro concentrarme, me revuelve las tripas el rancio olor que despide su asqueroso cuerpo. Observo sus ojos, enormes, expresivos, llenos de desesperación y de miedo. Es una criatura indefensa y rendida.

Le hablo:
-Dos veces no te me escapás. ¿Me vas a dar la plata o la vida?

Sobrenatural (edición de libro)



Cada partícula que flota en el lugar está iluminada al punto de su extinción, sin embargo, las caras deformes de quienes me rodean, aparecen y se esfuman en una atmósfera difuminada por la intensa luz. Sólo alcanzo distinguir tres cosas: los rostros no tienen boca, tampoco nariz, y por último, los dedos de las manos que veo ejercitando sobre mí, son delgados y de una íntegra lisura. Nada de esto está al alcance de mi entendimiento. Hay formas y manifestaciones fuera de lo normal, como si viviese una tragedia sobrenatural: la permanencia de un sonido ejecutado por un dispositivo electrónico y extraordinarios brillos que vagan en el espacio, hundiéndose luego en alguna parte insensible de mi cuerpo. Mi cuerpo, aletargado, no lo siento. No logro mover ninguna parte de mí; supongo que apenas los párpados y los ojos, aunque no percibo ninguna sensación de movimiento en ellos. Desconozco qué sucede conmigo; experimento una elevación como si me suspendiera en el aire. Pienso que puede ser un sueño, pero yo jamás en un sueño me he dado cuenta de que lo que estoy percibiendo son fantasías que se representan por mi dormir. Tal vez esta sea mi primera vez; no lo sé. Mi vaga razón viene y va sumergida en la espesura del sopor.


Me sobreviene una imagen a la mente, un recuerdo con representaciones claras pero poco familiares: Conduzco un auto, ¿mío? Voy en una ruta oscura; en los alrededores sólo se aprecia la negrura de la noche. No sé dónde estoy. El auto avanza demasiado rápido como si yo estuviera escapando de algo… Presiento que estoy perdido. Ahora lo veo bien: pequeñas luces me siguen. De pronto escucho un sonido ensordecedor que parece provenir de motores potentes. Una luz me ciega. ¡Mis ojos queman! ¡Un rayo revienta sobre el auto! No recuerdo más nada, mi mente está abrumada por un fastidioso olvido.


Ya no puedo resistir, me vence el sueño, un sueño denso. Me dejo ir…Voces…


Escucho voces. Un fuerte dolor me tortura taladrando desde el interior de mi cabeza, mientras me sobrevienen unas intensas punzadas en el pecho y el estómago. Abro los ojos y veo a dos extraños recostados en camas separadas. Están muy flacos y deteriorados; ninguno de ellos me observa. Son sus voces lo que oigo. Hablan sobre la visita de la policía, también sobre una segunda intervención quirúrgica de alguien.


Vuelve el sueño, el denso sueño.


martes, 6 de noviembre de 2007

Siniestro (edición de libro)


La luz de la noche se cuela a través de la suciedad de las ventanas, sobreviviendo fuliginosa y lánguida en los corredores, mientras los pasos retumban débilmente, apagándose en los rincones vacíos y oscuros del edificio.
Al subir por la lobreguez de las escaleras, se acuerda del accidente de su difunta mujer. La imagina rodando escalera abajo, girando rápida y tortuosamente, sufriendo los golpes de la abrupta caída, durante el siniestro reventar de truenos y relámpagos en aquella noche en que la tormenta fue testigo y cómplice del crimen. Se detiene, decisivo, impenetrable, abismado en un sórdido recuerdo que cierra sus labios a un mundo de naturaleza ajena, mientras las arrugas de su rostro expresan la indiferencia más acérrima. Observa las sombras inmóviles y aciagas, y recuerda el llamado telefónico en el que le mencionaba a su mujer que no podría regresar del extranjero sino hasta transcurridas un par de semanas.

Escucha un ruido. Un crujir bronco y fugaz. Sin perder la astucia mira con desconfianza hacia su alrededor. Cauteloso de sus reflejos, avanza atento a sus propios movimientos. Saca una llave del bolsillo de su camisa y con cotidiana determinación la coloca en la cerradura de la puerta de una de las oficinas. Abre, pero no entra; apenas entorna la puerta. Se queda curioso, a la espera de un sonido inconveniente, de un movimiento delator. El súbito de un grueso crujir pega un latigazo en su estado de alerta. De pronto ve salir a un gato del depósito de la basura, que en su mordida lleva la sobra de algún alimento desechado. El felino descubre la presencia humana y huye receloso por el pasillo con una agilidad incorpórea. El hombre sonríe con austeridad, creyéndose a salvo de inoportunos noctámbulos. Con natural frialdad se pone tan serio como antes y prosigue subiendo por los escalones con pasos que acarician la superficie apenas silente. Llega al sexto piso donde escucha el ruido ahogado de un motor y el forzoso trabajo de unas poleas. Se para frente a la puerta de su apartamento cuando le invade una ansiedad por repetir el estéril recorrido, sin embargo, saca las llaves del bolsillo al mismo instante en que se abren las puertas de uno de los ascensores.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Desgraciado infeliz


Estoy oculto en el monte, subido a la rama de un árbol y apretando una piedra con mi mano; es por si tengo que defenderme. Desde acá arriba veo al desgraciado infeliz desprendiendo los botones de su vestidito blanco, acariciándole el pelo e intentando recostársele encima. Ella le sonríe con una ternura boba. ¡Así me sonreía a mí! Quisiera gritar su nombre pero no puedo; no es momento para hacer estupideces. La está acariciando en la cara. La besa en la boca. Puso las manos entre sus piernas. ¡La está ensuciando! ¡Es un desgraciado hijo de puta! Le lanzo la piedra. La oigo cortar el aire. Resuena un impacto seco y apenas un grito. No sabe hacia donde huir. Mira hacia todas direcciones; está asustado. No más que yo. El desgraciado infeliz huye como un loco.

Un líquido tibio baja por mis piernas y humedece mis pantalones. Quisiera gritar su nombre pero no puedo. No se levanta del suelo; su cuerpo ni siquiera se mueve. La sangre manchó su vestidito blanco.

Desgraciado infeliz (edición remix)







Estoy oculto en el monte, subido a la rama de un árbol, y tengo una piedra en mi mano. Desde acá arriba veo al desgraciado desprendiéndole su vestido blanco y recostándosele encima. Ella le sonríe con una ternura boba que despierta mi asombro. El infeliz se atreve a besarla en la boca. Le hunde sus manos entre las piernas. ¡Es un hijo de mil puta! Le lanzo la piedra. La oigo cortar el aire. Resuena en seco al impactar contra su cabeza. Apenas un grito de dolor y el cuerpo cae desplomado. Ella me grita enfurecida por las salpicaduras de sangre en su vestido. Yo bajo del árbol y me le dirijo corriendo para callarla.

-¡Pelotudo!, ¿y si me pegás a mí? –me grita quebrada en nervios.

No le contesto. Gozo como un pobre infeliz, observando la maldad y la ambición escaparse de su temerosa mirada.

martes, 18 de septiembre de 2007

Desgraciado infeliz (ediciòn homogénea)


Estoy oculto en el monte, subido a la rama de un árbol, y tengo una piedra en mi mano. Desde acá arriba veo al desgraciado infeliz desprendiéndole su vestido blanco mientras ella se le recuesta encima. Ella le sonríe con una boba ternura que yo desconozco por completo. Gritaría su nombre pero no puedo, no es momento de ser un estúpido. La está acariciando en la cara. Se atreve a besarla en la boca. Le hunde sus manos entre las piernas. ¡Sus inmundas manos! ¡Es un infeliz hijo de mil puta! Le lanzo la piedra. La oigo cortar el aire. Resuena un impacto seco y apenas un grito de dolor. Ella grita loca de miedo. El hijo de puta, asustado, mira hacia todas direcciones sosteniéndose la cabeza ensangrentada. Yo intento bajar del árbol para ir a romperle la cara y al mirar hacia otro rumbo, veo a lo lejos a mi novia cruzando por la senda de siempre, vestida de blanco como de costumbre. Vuelvo la mirada hacia la pareja de amantes sin poder creer en el parecido entre esa mujer y mi novia. Siento que se me revuelve el estómago. Los ácidos estomacales me suben hasta la garganta.

De pronto el pobre desgraciado se desploma sobre el suelo.

martes, 24 de julio de 2007

Hombre virtual



-¿Es él?
-Juguemos…
-Seguro: ¡es él! –gritó hacia la manifestación.
Todos corrieron esquivando rayos. Despertaron.

viernes, 1 de junio de 2007

El último





Soy el último en llegar. La música está demasiado alta. En la oscuridad, las luces robóticas hacen visibles las botellas vacías rodando por un suelo de colores inquietos y centelleantes. Trato de entrar en clima con el ambiente. A mi alrededor, muchos saltan eufóricos perdiéndose entre el flotar de un humo luminoso mientras otros fuman llevando un ritmo más tranquilo.

-¡Te estás quemando! –me señala mi mejor amigo.
Todos gritan horrorizados mirándome con un asombro que no comprendo.
-¡El fuego no lo quema! –exclama alguien.

Miro las botellas tiradas en los rincones y se me ocurre que se han pasado de alcohol. Los juegos de láser crean una atmósfera enrojecida y luego otra de un amarillo ardiente. Una luz parpadeante me encandila, hiriente como si cortara mis ojos. Veo la pared frente a mi cama, exactamente una mancha colorada de vino sobre el empapelado. La música está a todo volumen; siento que las notas martillan dentro de un espacio inflado en mi cabeza. Me mareo al intentar levantarme de la cama, mientras recuerdo que todos están muertos, que ninguno de ellos sobrevivió al incendió de aquel lugar al que nunca llegué.

Mirada de pena


Observaba la manera en que un joven calvo escribía su nombre en el sucio blanco de las paredes. Se le veía enclenque, pálido y taciturno. Aún no me explico por qué, pero se encontraba solo. Sentía pena por él, un pobre ser que sin afecto de nadie, parecía sufrir una penosa espera en un deprimente pasillo.

Tras abrirse una puerta, mi novia se fue acercando, temblorosa y con rostro fúnebre. Yo me hallaba aturdido y no lo podía disimular aun sabiendo lo importante que era mostrarme como un fuerte apoyo. El silencio era de una naturaleza ajena a este mundo. Nos abrazamos con un amor intenso con el que intentamos consolarnos y reprimir nuestra impotencia. Con la voz quebrada ella me dijo al oído: Se me va a caer todo el pelo.

Me quedé sin aliento. Sentí mi voluntad gritar con angustia y enojo. Movido por una doliente ansiedad cerré mis ojos apretando los párpados, y al abrirlos mientras ella lloraba sin encontrar consuelo en mis brazos, volví la vista hacia el joven calvo para saber si nos estaba mirando.

viernes, 25 de mayo de 2007

Cuesta abajo



Subió al auto, no lo pudo encender y chocó.

La montaña




Al llegar a la cima de la montaña quise ver hacia el horizonte, donde hileras de montañas más enormes aún rozaban el cielo, pero la fachada del hotel me lo impedía.

martes, 22 de mayo de 2007

Imagen



La blusa se deslizó hasta sus pies, y posando desnuda contempló al retratista marcharse.

La ventana


Fue al mirar por la ventana cuando se desayunó que no se hallaba en su hogar.

Leyenda



Esta foto ha sido cedida por su autor: Robert Serbinenko



Le vieron atrapar un rayo del sol con sus manos, y se volvió intangible.


miércoles, 16 de mayo de 2007