miércoles, 30 de abril de 2008

El cruce




Ningún vehículo viene a lo lejos por la avenida, y aunque el semáforo está en rojo, no disminuyo mi paso. Imagino que, antes de que aparezca algún conductor con más prisa que la mía, me sobrará el tiempo para cruzar hacia la otra vereda. Apresuro mi andar mientras miro hacia la desolada esquina por donde puede aproximarse el tránsito. Titubeo prevenido por un segundo de conciencia. Sé que el hecho de arriesgarme de tal manera no es sólo un apuro sin sentido, sino que además es un peligro estúpido, pero confío en mi agilidad, así que entonces avanzo caminando rápido y seguro. De pronto apenas percibo de reojo el resplandor de dos focos alumbrándome desde la distancia. Las luces se hacen intensas y se amplifican. Veo el semáforo aún en rojo y empiezo a trotar hacia la vereda. Faltando un par de pasos disminuyo el trote y recobro algo de aliento. Escucho una bocina, insistente. Volteo hacia donde percibo el alarmante sonido. Las luces se precipitan sobre mí. Corro consciente de que en dos saltos estaré a salvo. Al buscar el cordón noto que me falta la mitad del trayecto. Las luces se amplían. La bocina aumenta. Acelero aterrado. Pienso en el hijo de puta que conduce; ¡no frena! Las luces me iluminan hasta difuminarme. Corro empujado por la desesperación. Un punto rojo y eterno. ¡No quiero morir! De súbito, desde mi interior, una luz amarilla enciende el espacio. Del otro lado las personas me miran como esperando que les de una respuesta, una señal. Entonces la atmósfera se enverdece y los peatones cruzan la avenida obedeciendo mi orden.

1 comentario:

Robert Serbinenko dijo...

Hola Andres...visite http://umquetenha.blogspot.com/ para músicas brasileñas.

Saludos

Robert