lunes, 26 de septiembre de 2016

Campo de batalla


Su marcha se paralizó entre el cruce de los disparos y al caer rodó hasta estancarse en un pozo agrietado por una granada. La lluvia de proyectiles había atravesado su pecho destrozando costillas y perforando pulmones. Su sangre chorreaba del uniforme y encharcaba el suelo. Herido en el centro del campo de combate, amenazado por el fuego abierto de las armas enemigas y recordando la despedida en la que renunció a su familia, sentía el estruendo de las bombas y la tierra vibrar con violencia. En su interior su cuerpo hervía. El choque hostil de los ejércitos desplegados a su alrededor le atestaba de una fuerza incontenible. ¡La Tierra es nuestra!, gritaba rabioso entre dientes, sufriendo una súbita incineración. Contuvo el aliento. El aire estaba saturado de pólvora, de cenizas y del desconocido glekxinzagenno. Las explosiones le aturdían. Trató de buscar su metralleta que había caído por la ruinosa superficie. Sintió un espasmo sacudir sus entrañas y la sangre tibia brotar por su boca. Se ahogaba divisando a los aviones en un intento frustrado de arrasar con la zona y viendo a sus compañeros de armas volatilizarse perdiendo así la batalla.
De espontáneo sufrió interferencias de señales biológicamente interiores, y el dolor que sobrellevaba comenzó a disminuir. Vio los paisajes rocosos ocres y rojos de Kepler-10b. Hombres y mujeres, niños y niñas trabajaban alzando un poblado y asistiendo a los heridos.

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