miércoles, 21 de septiembre de 2016

Pobres locos





Dios, no soy el mismo desde que no estamos juntos siendo el silencio que surca los labios de un niño. Mirá a ese pobre payaso esforzándose por quitarles algunas risas al público... Dios, estando a tu lado yo no olía a identidad, y eso me hacía verdadero. Pero separados, soy víctima de la constante persecución de una personalidad; un personaje ficticio que me olfatea a kilómetros y que me vislumbra a donde sea que yo vaya. Mirá ahora a ese domador de leones... ¡Es un verdadero demente! ¿Conocerá el peligro al que se enfrenta? Bajo esta enorme carpa los percances desagradables tienen su rutina cada día. La semana pasada, dos trapecistas se fracturaron el cuello; unos pobres locos. Y pensar que ahora soy como ellos. Ya no soy aquel a quien desconocía ni tampoco soy este a quien también desconozco. Creo ser un justiciero que quebró el silencio, el mismo romántico mutismo que surcaba la boca de aquel niño. Creo ser un defensor que se cayó en la lona de un mundo que se convirtió en un fastidioso circo.


Listo... sólo quería que lo supieras. Ya llegó el momento de mi número: el acto del lanzador de cuchillos. Tengo que salir; mi compañera me espera contra una pared de tablas, sosteniendo un globo en cada mano y otro entre las piernas. Yo jamás tuve buena puntería...

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