lunes, 31 de octubre de 2016

El nacimiento del amor



Aun sintiendo vergüenza se recoge la holgada pollera y se posa cómoda sobre la hierba. Se sienten seguros de que nadie les puede descubrir; la noche no es oscura, por el contrario es luminosa y reflexible, pero ellos se encuentran lejos del pueblo. Tal vez muy cerca, un campesino corre. Se le nota fatigado, más por una odiosa rabia que por la agitación física. Sus ojos endemoniados exclaman amenazas sin juicio mientras avanza convencido de su dirección.
Los jóvenes se murmuran palabras dulces. Él le jura que la ama y ella aprieta sus manos y hunde los dedos en la tierra. Por primera vez sus senos transpiran y su amor se abre como una rosa. Las respiraciones se expanden con profundidad mientras sus cuerpos y sus almas se acercan por un ritmo creciente. La brisa alza su soplo y la hierba se humedece. El campesino corta distancia a paso iracundo con ayuda de la luna que le baña los senderos. Las suelas de sus botas estallan contra las rocas. Cree que fue traicionado; ella le había prometido que estaría temprano en casa.
El muchacho sonríe con ternura. Ella gime broncamente; la molestia le es gratificante. El extraño corre a reventar. Quiere golpearlos e inculcarles las reglas, darles una paliza hasta desintegrar todo recuerdo. Los labios de ella tiemblan afectados por la bondad. De sus pupilas emerge un brillo divino. El hombre ya corre sin tocar el suelo. Presiona los puños. Atraviesa arbustos. Salta alambrados. Intuye que no queda tiempo. Maldice. Se le escurre espuma por la boca. Ya son audibles las respiraciones aceleradas. Tan solo unos metros les separa. Un alarido cruza el valle y los tres se miran. Se vigilan desafiantes. Aunque es tarde, demasiado tarde: los jóvenes, abrazados bajo el radiante azul del cielo, mecen al niño recién nacido.

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